La actual popularidad de la que goza el Camino de Santiago se retrotrae a la Edad Media, cuando entre los siglos XI y XIII se consolidó como una de las principales rutas de peregrinación cristiana, junto con Roma y Jerusalén. A ese proceso contribuyó el apoyo de muchas monarquías europeas, la creación de una red de albergues y hospitales a lo largo de las distintas etapas, la difusión del Códice Calixtino y la construcción de la Catedral de Santiago de Compostela (1075-1211).

Todos esos avances dieron lugar a la época de oro de las peregrinaciones, con la llegada de los primeros caminantes europeos procedentes de Francia, Italia, Inglaterra, Alemania y el este de Europa al corazón compostelano. La mayoría llegaban a pie, a caballo y en barco. El viaje estaba ligado a las clases altas, siendo reyes, nobles y burgueses los principales participantes. De ahí que gran parte de las instituciones hospitalarias para peregrinos nacieran desde el asistencialismo, a través de las donaciones de esos mismos grupos sociales.

En cambio, para las clases trabajadoras, caminar no siempre fue ni una experiencia exótica ni voluntaria. Numerosos países europeos utilizaron desde sus tribunales eclesiásticos y civiles la peregrinación como método de castigo ante determinados delitos. Así aparece recogido en el derecho canónico medieval, en los denominados Penitenciales. La distancia a caminar y la duración de la expedición variaban según la gravedad del delito cometido.

Las penas impuestas tenían un corte clasista. Aquellos vinculados a la Iglesia, como los obispos, que hubiesen cometido un homicidio podían ser sancionados a peregrinación de por vida. Para delitos menores, como los hurtos, se fijaba durante un tiempo determinado. A los civiles se les imponía la peregrinación forzosa si habían robado, pero también por delitos contra la propiedad, impagos o incluso adulterio. El destierro, la incertidumbre del trayecto y la falta de ingresos mientras se ejecutaban eran parte del impacto que acarreaba la condena.

La capital gallega no fue el único destino; el resto de rutas cristianas también sirvieron como castigo. De hecho, la legislación de Francia y Bélgica todavía reconoce esta opción en casos muy específicos como alternativa pedagógica y de rehabilitación para jóvenes delincuentes frente a la cárcel.

El declive religioso, las desamortizaciones y la pérdida de infraestructura ocasionada por las guerras influyeron en el desencanto del Camino. Las reliquias del apóstol reavivaron el interés religioso a finales del siglo XIX, aunque hubo que esperar hasta mediados del siglo XX para la puesta en marcha de su recuperación cultural, con la señalización moderna, la ampliación de la red y su promoción turística y social.

Los motivos para realizar el Camino hoy son infinitamente variados. Desconexión, introspección, actividad física, espiritualidad o aventura junto a otros compañeros de vida son solo algunos de ellos. Un fenómeno cada vez más gentrificado, y que en los últimos años no para de romper récords. En 2025, se superó por primera vez el medio millón de Compostelas selladas. Ante ese crecimiento, hay quien busca convertir la experiencia en un recorrido de lujo a través de las redes sociales o canalizando su estancia hacia hoteles.

Desde Monte do Gozo creemos en el encanto de la tradición mochilera. Por eso, sea cual sea tu motivación para hacer el Camino, las puertas de nuestro albergue estarán abiertas esperándote.